Hoy en día podemos afirmar que las fracturas en el anciano en general, y las fracturas proximales del fémur en particular, constituyen uno de los problemas más graves que tiene planteada nuestra sociedad, debido a su elevada incidencia y mortalidad. Los problemas sanitarios, familiares, sociales, y económicos que de ellas se derivan son considerables, si tenemos en cuenta que el 93% de las mujeres que llegan a los 80 años han tenido al menos una fractura, siendo en el 33% de los casos una fractura de cadera.
Sorprende hoy en día que en 1822, Sir Astley Cooper se lamentara de que a menudo no podía mostrar a sus alumnos un ejemplo de fractura de la extremidad superior del fémur dada su escasa frecuencia en aquella época. Solamente un siglo más tarde, un insigne científico español, J. Trueta, decía “…probablemente los últimos 30 años han sido testigos de la mayor revolución de la historia de la humanidad, esto no se refiere a los cambios de estructura política y social, sino al extraordinario alargamiento de la vida”.
Producto de este fenómeno, se puede observar como en las estadísticas de los últimos 40 años, la edad media de los pacientes que sufren una fractura de cadera ha presentado un progresivo aumento desde los 69,7 años (Boyd y Grifin, 1949) a los 78 años (Michelson y cols, 1995). Se estima hoy en día que la incidencia de las fracturas de cadera es del 0,5% anual en las edades comprendidas entre los 70 y 79 años de edad y del 2% para los mayores de 80 años.

El extraordinario incremento en la frecuencia de estas fracturas que han experimentado todos los servicios hospitalarios en las últimas décadas, las han convertido, según Wallace en una “epidemia ortopédica”; que ocupa el 20% de las camas de los departamentos de Cirugía Ortopédica con una estancia media estimada de 25 días.

La carga que originan estas fracturas en el individuo y en la sociedad es muy alta. Cuando se produce la lesión se pone punto final a una vida generalmente independiente, existiendo siempre un antes y un después. El incremento del riesgo de muerte tras una fractura de cadera ha sido constatado en numerosas ocasiones, pero sus causas no están claras y pueden atribuirse tanto a las condiciones médicas del paciente como a los efectos de la propia fractura o de su tratamiento.